No dejaré que lo estropee

Mi infancia la recuerdo en clave deportiva. Mi tío abuelo Ramón amaba el boxeo y el ciclismo a partes iguales, y a pesar de que murió teniendo yo cinco años, sus historias como preparador de púgiles y cronista deportivo eran frecuentes en casa. Mi abuelo Juan, un enamorado del pedal, no desaprovechaba la ocasión para hablarme de los ciclistas flamencos de gran valía y poco nombre que corrían en carreras de un día. Con sus hijos mayores conocí el fútbol inglés de los setenta, aquellos derbys de Manchester en la UHF de la tele en blanco y negro no los ovidaré nunca. Y la regata Oxford-Cambridge, qué pasión, cada uno de mis tíos parecía remar en un bote. Con el Calpisa de balonmano, mi tío el mayor y yo ganábamos la liga al Barça y al Atlético de Madrid. Cuando otro tío vino el año 82 de Estados Unidos me descubrió a Larry Bird y todavía sigo cada día a los Celtics. En casa del hermano de mi abuelo Juan, su hijo mayor y yo descubrimos a Zoetemelk, Hinault, Perico y Arroyo, gracias a la tele francesa. El hermano mayor de mi padre me llevó con seis años por primera vez a San Mamés, 4-2 a la Real, lo recuerdo como si fuera hoy y eso que habré ido doscientas veces más a ese campo desde entonces.

Pero a quien realmente le debo mi amor al deporte es a mi padre. Si le conociérais no me creeríais. Es la antítesis del forofo, y lo ve con cuentagotas. Nunca sabrá muy bien quién va primero ni si el partido que estamos viendo es de eliminatoria o corresponde a una liguilla, nunca. De hecho le da lo mismo. Mira que habré visto deporte... pues al final sólo me sirve lo que retiene mi padre. Con él descubrí el béisbol, mi amor secreto. Fue socio del Athletic hasta que se retiró Zarra, después se aburría y se dio de baja, qué listo. El rugby del Cinco Naciones lo veíamos juntos los sábados en la Sanyo de color. Las olimpiadas eran natación, gimnasia y sobre todo atletismo, mi padre, mi madre y yo hipnotizados cada cuatro veranos, Kratochvilova, Carl Lewis, la curva de Calvin Smith... cuántas veces me habrá contado lo de Beamon en México, ¿y lo de Fostbury? Lancaster, Ángel Chorizo, el Memorial Arizti... Los tiros libres de Prada, las canastas en parado de los jugadores del Águilas, Emiliano... de la halterofilia, la arrancada y los dos tiempos. Los penalties con rosca de Arteche, la clase de Maguregui, la elegancia de Garay, Santillana de cabeza, el "guisasolazo", los tremendos chuts de Scotta, Morete y el primer metro de Romario, qué le gustaba Romario a mi padre...

Y su admiración por Eddy Merckx. No creo que haya habido otro que le haya gustado más. Cuántas veces me habrá contado cuando el belga se ponía junto a un chaval y le desmoralizaba pedaleando a su ritmo con un solo pie en los rastrales. Que lo esprintaba todo, hasta las metas volantes... sus victorias sobre Poulidor, el eterno segundón. Para él era el más grande, para mí también. Si alguien resume el deporte y mi relación con él y mi padre, es la figura de "El Canibal". Merckx representa la cumbre.

Por eso me niego a que este imbécil me deje sin referentes, me quedo con su imagen del maillot arco iris y la gorra de Molteni. La que me enseñó mi padre, por el que amo el deporte.

2 comentarios:

rojobilbao dijo...

Con este hecho queda justificada la anécdota esa que cuentan que Mercx n día esprintó al ver una pancarta... del partido comunista.

Maradona, Mercx, Iribar son muchos los gigantes gilipollas.

Berlin Smith dijo...

Hombre, a mí me pasó lo mismo con Larry Bird. Pero ahora, me pasa como con tu padre con el atheletic, que me aburro. Es que me hago viejo supongo.

Como viejo, hace tiempo que no admiro a los deportistas y los escritores más que por lo que hacen, porque si los conociera personalmente o tuviera que hacer caso a sus opiniones políticas me enfadaría. Me gusta Cortázar, pero ¿por qué tenía que admirar él a Fidel Castro?

De ahí la inutilidad de los afamados manifiestos de intelectuales y artistas: si tenemos que vivir de la opinión de Pilar Bardem vamos listos. Todos a la ruina.